sábado, 31 de janeiro de 2009

Benedetti


Acabo de tomarme una mezcla potente de amapola, tila y valeriana, porque quiero dormirme y además dormir bien. Estoy empezando a notar su efecto y quería escribir un poco antes de claudicar. En estos momentos me invade un interés científico, como hace un par de meses, cuando me emborraché con Heineken en casa. Me bebí una lata tras otra tras otra y no percibí nada especial hasta que me levanté, oeeeeeeeeeeeeeee, entonces noté la torpeza de mis piernas chocándose con las cosas, incapaces de mantener el equilibrio con normalidad. "Vale, o sea, que esto es estar borracha", me dije. No me pareció gran cosa, me faltaba la efusividad, no tenía nada de espectacular tampoco. Luego me fui al baño y también noté la copiosidad del pis de cerveza. Pero por lo demás la sensación era bastante anodina. Volví al sofá y creo que puse otra vez el dvd de la película. Me observé el conocimiento para ver si estaba confusa, si me perdía algo, si mi percepción estaba fragmentada. Pero no lo parecía, ni siquiera estaba cansada, pero seguro que estaba borracha, porque al hablar en alto me salían las palabras como por un embudo y los labios los notaba como recauchutados. Pero aún así no se me había alterado la conciencia de la perplejidad y confusión que me producía la situación con Bizcochito.

Y ahora me he tomado la valeriana y la amapola y estoy analizando los efectos. Sí que noto menos ansiedad, como que ya no tengo que exprimirle más al día. Que son las dos de la mañana y ya he hecho todo lo que he podido, y he pensado todo lo que ha sido posible, que el día no da para más. No me importa tirar la toalla y enfundarme en el pijama, no me va a saber a canto de cisne el lavarme los dientes, ni al final de la función el ir cerrando las luces de la casa.

Me he puesto a leer un libro de Benedetti, y tras mi breve escepticismo al empezar ("esto no va conmigo") y llegar a la conclusión de que no, no puedo pasarle este libro a mi hermana porque ha sido un regalo de alguien a quien quiero mucho, así que mejor le compro o le consigo otro, de repente he sentido algo benévolo, como un calorcito, y la lectura me ha provocado una inflexión en la mente, unos pequeños fogonazos de claridad e interés, una sonrisa mental de reconocimiento, y ahora sé que mañana me lo terminaré en un par de horas.

Porque recuerdo que cuando mi hermana estaba todavía viviendo en los tres metros cuadrados de su pequeña habitación en la casa de mi madre, donde cerraba la puerta al mundo hostil con apenas un pequeño candado (que de haber querido mi padre hubiera reventando, como tantos otros), donde la rabiosa adolescencia le había hecho colgar posters por doquier a chinchetazo limpio, donde reivindicaba su derecho a ser un apocalipsis del desorden y dejar su ropa, sus apuntes, sus cartas, sus retazos de niñez todo por medio, recuerdo que en esa habitación mi hermana leía a Benedetti. Y lo sé no tanto porque yo hubiera estado ahí cuando ella le leía, sino porque cuando yo volvía de Londres de visita, y entraba en su habitación cuando ella no estaba para curiosearla un poco encontraba siempre algún libro suyo boca abajo encima de la la moqueta verde militar roma del suelo.

Y mi hermana me ponía citas de libros de Benedetti en sus cartas de ánimo que de algún modo encontraban la ruta desde su pequeña habitación a cualquiera de las múltiples direcciones de las casas en las que yo llegué a vivir cuando me mudé a Londres. Entre las citas me hablaba de su novio, cuyas constantes infidelidades le causaban un dolor cáustico y primal, de cómo le estaba costando la vida estudiar la carrera, pasar cursos enteros sin llevarse seis o siete asignaturas del año anterior para un desesperado rescate, de la vida que yo dejé atrás y que parecía casi un espejismo cuando la relataba en esas cartas de ocho o diez páginas ...

Y tú también me has hablado de Benedetti, y llevo varios días pensando de forma tangencial en esa frase que recuerdas de uno de sus poemas, y al final he enlazado con ella; y tras llevar en mi mochila el libro que me regalaron con un cariño infinito en mi cumpleaños el año pasado, he decidido leerle, para conectar contigo (aunque no es el mismo libro del poema del que tú me hablaste), y con la amiga del alma que me lo dedicó con tanto cariño, con mi hermana, con mi ausencia en Londres, y tal vez con cómo se veía la vida en Madrid desde una habitación pequeña, íntima, el único refugio, cuando tu hermana mayor se ha marchado y evitan hablar de ella, lo que te rompe el corazón.

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