sábado, 31 de janeiro de 2009

Sábado


Hoy comienzo un día de andar por casa, de intentar aterrizar, con el cuerpo y la mente detrás de las barricadas.

Me levanto con Siglo XXI de Radio 3. Muy a menudo, entre las brisas del sueño recién comentado escucho hoy empieza todo. Esta mañana la radio apartaba las pesadillas de las largas horas nocturnas con punk islámico de una lesbiana de Los Ángeles. La última vez que estuve en Los Ángeles una pareja de policías inyectaron un fogonazo de luz hiriente de linterna de poli en mis ojos. Había discutido con mi novia, que no se consideraba lesbiana, y se me había ocurrido bajarme de su coche en una autopista. Pero eso fue hace tiempo ya.

Mi ex de Madrid me ha despertado a las nueve y media de la mañana con un mensaje de texto y ha interrumpido mis pesadillas. He bajado de la litera como un fardo pesado para pillar el móvil y al volver a la cama me he dado cuenta de que mi sueño ha sido tremendamente violento, extraño y oscuro. Pero al volverme a dormir la pesadilla ha continuado. No sé qué terribles gusarapos del subconsciente me han asediado esta noche, pero me han exprimido viva toda la franja de sueño REM y ahora estoy baldada, completamente exhausta mentalmente, con necesidad de gastar el día entero en plena recuperación. Pienso también en el mensaje de M. en respuesta al mío de ayer. Llego a la conclusión de que vamos a seguir sin vernos. Está pasando un buen plazo de tiempo, espero que cuando nos volvamos a ver no se acuerde de las últimas veces, que sea un borrón y cuenta nueva. Dice que acaba de volver de unas vacaciones, seguro que se lo ha pasado fenomenal. No sé si llamarle o no para que me lo cuente ... habrá millones de elipsis porque tendrá que sacar del mix a la tía con la que está, con lo cual a la historia le faltarán muchos bits de información.

Antes de bajar de mi litera definitivamente me debato entre llamar a mi madre o no. Sé que lo que me diga va a bajar mi ánimo de una patada a las profundidades marinas, descenderá como un cofre de un tesoro lanzado al mar desde una lancha, con perlas y broches escapándose mientras se descuelga del agua estrepitosamente. Pero no tengo más remedio que llamarla, ya es tarde y la cama, la turgencia de la almohada, el olor a sudor empañado resguardado en el edredón, el oxígeno colmado de las combustiones orgánicas exhaladas por los poros de mi piel, del cuero cabelludo y mi boca durante la noche me hacen de parapeto acomodaticio. Si me deprime mucho siempre puedo dormir quince minutos más y ahogar el agobio en la húmeda almohada como una alcohólica sumerge sus penas en la providencia. No me he bebido siquiera un vaso de agua y sé que mi cabeza va a darme vueltas si me tiene al teléfono mucho rato, pero marco su número igualmente.

Hablo con mi madre y me expone el catálogo de horrores de la semana que nos espera, las cosas que tiene que hacer, lo difícil que será todo. Hoy está peleona y enfadada, no quiere consejo pero sé que necesita que la escuche. Intento entremezclar en su magma encendido y virulento alguna sugerencia escasa que ella rechaza, ofrezco mi ayuda y termino escuchando sabiendo que al final querrá colgar, pero sabe que estoy ahí, que ya estoy despierta y puedo echar una mano. Intento imaginarme el día que le espera, me desanimo. Pero ahora que lo pienso su energía no es del todo negativa; mi madre es como un perrillo callejero que se busca la vida como puede, con listeza, con empeño, con ternura, aunque a veces es muy difícil darle un beso. Es un perro sucillo, lleno de lamparones, emprendedor, que no sabe salir de su guarida y la amaña y defiende como puede. ¿Quién soy yo para darle consejo con la cantidad de cosas que tengo que poner en marcha en mi día a día, yo que también me traiciono constantemente? Me acuerdo entonces de la conversación de ayer con mis amig@s. La importancia de la empatía, de la escucha activa, y dejar de pensar que le puedes arreglar la vida a nadie. Mi madre me sugiere con suavidad, sin forzarme ("habrá comida caliente en casa esta tarde") que me pase a comer. No voy a hacerlo, y ella lo sabe. Necesito mi tranquilidad. Ayer estuve allí toda la tarde y mi padre estaba hecho un demonio. Me dormí una siesta porque no podía soportarlo.

Me bajo de la litera con miedo a lo desconocido y veo la luz en la ventana de mi vecino. Me sonrío, hace meses que no le veo; el otro día le envié un mensaje de texto con cariñito. ¿Qué habrá sido de su vida? Subo el estor y abro la ventana. Los dos tenemos los pelos de punta, recién levantados. Él está escribiendo la tesis, la lee en un par de semanas. Me doy cuenta de cómo cada día es diferente para cada persona. Yo con mis planes para el día de hoy y él con los suyos. Me emplaza para un café más tarde y así ponernos al día. Me parece una idea excelente. Hablamos de la calefacción, él la tiene encendida cuando está en casa. Decido, tras haber pasado la mayor parte del frío de este invierno con el calentador pequeñito Tres Joyas, poner la calefacción en casa, aunque me cepillen un recibo de doscientos euros. Él dice no pagar mucho más de lo normal. Al entrar en el salón me pregunto si querrá ir a correr conmigo y deshecho la idea como impracticable.

Pongo la calefacción. Me quedo en pijama pero cambio los pantalones por los grises de andar por casa y los calcetines calentitos. La bufanda con la que duermo sigue en el mismo sitio. Tengo que comer algo pero la cocina está en un terrible estado desde que decidí hacerme la maldita tortilla el otro día y no tirar las cáscaras de huevo ni la lata de caballa a la basura. Dejé todo de por medio porque me hice algo de comer con rabia y cansancio y dejé la cocina hecha un cirio. Desde ese día he continuado acumulando platos y recipientes, es algo patológico. Estoy convencida de que la salmonella vive en esas cáscaras de huevo y tengo miedo de acercarme, pero algo me paraliza y no puedo, no puedo limpiar esta cocina. Forma parte de mis fobias hacia lo inevitable y la terrible descomposición del ser. Pero decido hacerme algo de comer porque quiero cuidarme y mezclar verdura con proteínas, y burlar la aprensión que me produce el jaleo que tengo aquí acumulado con imaginación.

Para ayudarme a no pensar descargo un programa de Radio 4, Our Times con Melvyn Bragg sobre Borges, aunque al darle al enlace hubiera jurado que era sobre Cortázar. Mientras lo estoy escuchando abro la lata de atún y lavo unas judías verdes, un par de zanahorias y un poco de pimiento. Me abro paso entre la marabunta de la cocina y cocino como si estuviera en un campo de batalla. En vez de recoger cosas las cambio de lugar y consigo preparame un revoltijo de verdura con huevo y atún. Las frecuencias de mi mente son caóticas y no puedo domesticarlas así que decido cocinar en modo rock and roll, con ruido y velocidad, sin coordinación, empujando cosas de en medio sin contemplaciones y saliendo del paso aunque los objetos me arrinconan y me falta espacio. Me siento como si estuviera en el metro en hora punta y cuando finalmente apago los fuegos y saco un plato de comida es como si lograra salir al exterior y respirar.

Voy a meterme un par de películas entre pecho y espalda y seguir el día a trancas y barrancas, sacándolo adelante como sea. Decido llamar a mi ex que me dice que está en un curso de reciclaje del trabajo y que me llamará a las seis. Miro sus fotos en la pared y me doy cuenta de lo mucho que ha hecho por mí. Sigo desorientada pero parece que aunque no he movido un dedo la casa está, no sé, más arreglada.

2 comentários:

  1. Hola P.

    El día tiene mil matizes de los cuales tú puedes elegir cual quedarte...Aunque es verdad que los estados de ánimo son lo peor a la hora de ver resultados en nuestra vida.

    Así que arriba!!.

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  2. Abutrí,

    Tranquila; aunque mis estados de ánimo tienen las riendas de mi vida, intento poder hacer un recuento de ellos para darme cuenta de lo que me va pasando. Eso es todo (que es mucho)

    Besitos

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