domingo, 8 de fevereiro de 2009

Señas de identidad


Llevo una semana un poco despistada pero al mismo tiempo más centrada que nunca. Esta semana ha tenido un ritmo frenético, las horas sólo se han sucedido para atropellarse, avasallarse y entrometerse las unas con las otras, y los minutos duraban menos que el estirón de una goma elástica. Me he dado cuenta de lo fácil que es despistarme y sentir perplejidad por mi propia existencia, un ¿qué hago aquí? me asalta, o un mejor dicho: "¿Qué hacía aquí ... qué era ... exactamente??". Tengo que tomar conciencia de mí misma en esos momentos y devolverme a mi vida; hacer un esfuerzo para reconocer aquellas señas de identidad que son mías, y recuperar el ritmo de los últimos logros antes de que se difuminen y desaparezcan por donde habían aparecido.

A veces inusitados acontecimientos me ayudan a centrarme: hacer un par de coladas de varios colores y recuperar ropa que llevaba semanas sin ponerme; escuchar una canción y ponerme a bailar sola en casa y acordarme de momentos especiales; ver a una amiga que me hace recordar partes de mí que no tengo presente en primera fila mental; hablar inglés con alguien y escuchar expresiones que me llevan a Londres, a Ámsterdam o a algún otro sitio.

Mi cabeza está en constante movimiento y a veces, tras un tiempo de mar bravía y azorada, las olas devuelven a la orilla de mi subconsciente aquellos objetos y recuerdos tragados mar adentro en el azogue. Es en esos momentos que me observo como si todo fuese nuevo, pero notando un sabor extraño en la boca, como de algo añejo y sin embargo un poco olvidado, un algo que tiene que resurgir todavía tras despertar mi mente a su aroma. Y es tras transcurrir unos segundos que de repente reconozco un rasgo de identidad mío propio e intenso que entre las brumas de mis cambios y mis regeneraciones ¡había poco menos que pasado por alto!

Hoy en el tren de Majadahonda a Príncipe Pío me encontraba leyendo las hojas que había impreso sobre el dinámico y fascinante intercambio de pensamiento entre Otto Rank y Arthur Miller. Me enzarcé en una escaramuza como un gato montés con mis bolígrafos Pilot, porque los que he cogido del trabajo o están secos o son de 0.7 de diámetro, lo que no me gusta (demasiado grosor para hilar fino :-) Intentaba escribir notas en las hojas pero no podía hacerlo con la ligereza que necesitaba para cazar mis ideas al vuelo, y un chico árabe que se sentaba enfrente mío me vio luchar contra las puntas de los bolígrafos y dar la vuelta del revés a mi bolsa en busca de alguno que pudiera seguirle el ritmo a mi mente enfebrecida por el excitante partido de tenis entre Otto y Arthur. El chico estaba rezando con su collar de cuentas pero se había percatado de mi percance y amablemente sacó un bolígrafo de su bolsa y me lo ofreció; yo le expliqué que sólo estaba probando los que yo tenía, que no se preocupara, que alguno saldría bueno, y él me sonrió. Pero todo esto lo hizo sin dejar de rezar para sí mismo y de pasar los dedos por las cuentas de su collar mientras las contaba en su oración.

La naturalidad con la que este chico estaba atento a su alrededor y al mismo tiempo concentrado en lo que hacía me hizo pensar en el tipo de actividades que llevamos a cabo para conservar la salud mental, para fomentar la fuerza y la consistencia de nuestra personalidad. Yo necesito trabajar en mi autoconsciencia, mi subconsciente y mi creatividad para tener fuerza en el desenvolverse del día a día. Este chico rezaba todos los días y tenía la costumbre y la necesidad de hacerlo. Durante años ha podido aislar un momento en su día para llevar a cabo sus oraciones y por tanto tiene incontables momentos aislados de tiempo que puede comparar unos con otros, como las personas que durante años hacen una foto en el mismo sitio a la misma hora, como Auggie Wren (Harvey Keitel) en la película de Smoke, de Paul Auster. Pareciera que todo el día no es sino una preparación para volcarlo todo en ese clic de la cámara, en esa contusión mental inducida, en ese respirar hondo, en el escarbar y pensar o no pensar, lo mismo me da. Llegas a ese momento y no sabes qué va a suceder después, o sí lo sabes pero aunque aún así no hay nada que se le parezca, porque es uno más de entre cientos o miles, y cada vez la grandeza de la suma de los otros momentos lo hace más especial.

A veces requiero disciplina para preparme y llegar a buen puerto en ese momento, y me desilusiona lo fácil que hasta entonces me había resultado el hacerlo sin ella, porque lo deseaba tanto como a nada en este mundo y no había necesitado ánimo ni esfuerzo para llevarlo a cabo. Una vez que me enfrento al hecho de que a veces sí necesito esa disciplina, acepto la posibilidad de que tal vez simplemente me he despistado, algo me ha escupido de la órbita de la pasión con la que normalmente trabajo, y entonces lucho como se dice en inglés por encontrar my center, my core, mi centro de gravedad, mi punto centrípeto donde todo lo que hago tiene un único motivo y la misma excusa: yo soy así.

Yo necesito mi momento de lucidez diaria, necesito sentir que he conseguido nadar de forma ágil por mi entereza, percibir la elasticidad de mi mente, entrever las verosimilitudes que se esconden en mi cabeza, en mis actuaciones. Es tan necesario para mí como el sueño diario o la comida. Mi vida no tiene orden sin estos momentos resguardados del fragor diario, y pierdo mi capacidad de maniobra si no me entrego, si no encuentro ese momento de concentración donde los castillos de naipes se colapsan y acabas con la baraja en la mano.

Um comentário:

  1. ¿para qué voy a escribir si todo lo que quería decir ya lo ha metido splash en su blog.

    También he tenido un ritmo frenético, y la semana que -ya- ha empezado promete ser más frenética. Soy el despiste personificado y día a día intento controlar mis cosas: llaves,abono-transporte, cartera de documentos, cuadernos, carpetas y demás papeles.
    Cuando llego a casa lo suelto todo y al día siguiente no sé dónde lo he puesto... gasto mi tiempo en buscar: teléfono,guantes, botella de agua el pañuelo palestino que mantengo en mi indumentaria -¿disfraz?- desde el último día de los inocentes y que voy a mantener hasta que se le devuelva a los palestinos su tierra (meses, años...)
    Después de las elecciones en Israel, las cosas se van a poner peor(temo), en una disputa entre los verdugos que antes fueron víctimas: las ganan las derechas: derecha, derecha más a la derecha o la línea dura: extrema derecha nacional-fascista.

    El tema me tiene bastante envenenada, creo que es lo que me produce stress que sólo cede cuando largo por mi boca o por las teclas de mi máquina...

    Permanecer en casa este fin de semana me ha hecho ordenarme algo.
    Es temprano (sólo las 2) y estoy fatigada de hablar en inglés y traducirlo al castellano para enseñar a mis pequeñas compañeras uzbejistana y vietnamita e intentar entender y hacerme entender. Refresco mi esquemático inglés con el vocabulario escondido en las profundidades de mi mente, fuera de ella, rebosando en mi body.

    Aprendo de mí, reconozco mis actitudes y mis aptitudes sumergidas en el subconsciente y más advertidas por los demás que por mí misma.

    Todas esas cosas que despisto no son más que el reflejo de mi propio ser caótico y desorganizado que los demás advierten y yo me empeño en cambiar con gasto de energías
    que debería usar para aceptarme como soy, con esos rasgos que deben ser características de mi propia identidad.
    Necesito pararme y tumbarme a inspirar y expirar con respiraciones completas: de mi abdomen a mi tórax, de mi tórax a mis pulmones, hasta los hombros y la garganta, llevando una brisa hasta mi cerebro que expulsa los pensamientos que giran y no puedo expulsar si no es contando mis inspiraciones y me asaltan de nuevo incontrolados, dispersos, imparables...

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