segunda-feira, 20 de abril de 2009

Trapecio


Durante el mismo día se puede salir y bajar en una noria, y a veces la peor parte y la más reconocible y dolorosa es el descenso y la permanencia bajo la red de protección de la trapecista, como el payaso gilipollas escondiéndose por debajo, comiéndote una mazorca hinchada y dándote cuenta de que los granos de maíz son tus dientes, son tus ilusiones, son tu futuro, grano a grano, perla a perla.

Y de repente escupes de forma irrefrenable la cascada de perlas y sales de tu refugio, te pegas un par de hostias porque el suelo está resbaladizo y sin previo aviso te ilumina el fogonazo de una luz hiriente y circular, que te ciega y te recorta en mitad de la pista del circo, y una ovación te recibe, un súper chachán y todo el mundo te aclama, eres la mejor, la más guay, la más chachi, la más impresionante, inteligente y formidable, y te pones a hacer malabarismos increíbles y acompasados con una nube de alcachofas que eclosionan con flores púrpura con destellos ámbar, y flores de pétalos cárdenos, verde esmeralda, genciana, añiles, , miel, azafrán, blanco lechoso y negro azabache.

Y te conviertes en una maga con los poderes y la clarividencia de un Merlín, y organizas tu laboratorio a medio camino entre el suelo del escenario y las alturas, donde trajinas con ideas, conversaciones apasionantes e inteligentísimas con tus visitantes. Y escribes manuales de alquimia en tu oficina Acme Dreams Are Oh, So Possible Inc., conviertiéndote en el mismísimo Elekhua, el listo y andrógino orisha del cruce de caminos, con su indumentaria roja, brillante, ceñida y atractiva, sabedora de tu visión de luces largas en la noche, de previsión del largo plazo, enviando a quienes se pierden en el cruce de caminos y decisiones al rincón acolchado y comprometedor de la reflexión.

La plataforma asciende por sorpresa y te suben al trapecio demasiado deprisa; intentas encaramarte y encontrarle el equilibrio pero al final, ante la mirada expectante de todo el mundo, das un traspiés aparatoso y te catapultan brutalmente a la red de la trapecista, de donde te descuelgas sin elegancia con un rebote inmenso y ridículo, por el que te enganchas en los muelles de la la lona, y terminas debajo escondiéndote y pasando frío, ignorada con indiferencia, como el payaso gilipollas con la puta y asquerosa mazorca.

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