quarta-feira, 22 de abril de 2009

Ciudad del dolor

Entro en el Hospital Clínico. Me pasa una celadora vestida como una gobernanta. Finalmente encuentro el ascensor y me acuerdo que el de la derecha va más rápido. Una persona sube conmigo, tiene una bata de médico parecida a la que usaban mis padres, la que me dejó mi madre cuando yo estaba estudiando primero de medicina.

Al llegar a la segunda planta norte veo por los pasillos a la auxiliar de clínica del otro día. Es preciosa, simpática, dicharachera, lleva gafas de diseño de estilo danés.

Me acerco a su habitación después de tantear varios pasillos y mirar de reojo los quicios de las habitaciones y como van a asear a mi padre no puedeo entrar hasta dentro de unos veinte minutos. En vez de vagar por los pasillos y ver la gente paseando lentamente con sus máscaras de oxígeno y sondas, lo que no es lo que se dice la alegría de la huerta, decido bajar a la calle otra vez.

Cerca de la entrada se acumula la gente que fuma, e inmediatamente me recibe una nube de humo irrespirable. Las hileras de taxis se perfilan hasta el final de la cuesta, y en cada coche hay un hombre de semblante hosco, seguramente pensando en su matrimonio o sus nóminas o sus jornadas excesivas. Los residentes, la mayoría con gafas, chicos muy altos y chicas con cara de listas forman grupitos impenetrables en la calle. Bajo la cuestecilla y veo varias madres llevando niños y niñas de visita hacia el hospital . Una niña está vestida como Pollyana, y un niño arrastra un osito con chupete. Un hombre negro vestido de verde, con casco verde y mono verda corta el césped con una máquina ruidosa. En la calle dos niños chinos están jugando; uno de ellos senatado encima de lo que parece un monopatín y el otro empujándole. El señor de la trompeta sigue en su esquina, tocando de forma bastante decente. Me siento en la acera, a una distancia prudencial de él y tomo el sol escuchando la música.

Tras unos pocos minutos decido volver a la planta. Me pesan las piernas, no estoy animada para ver a mi padre. Al llegar a la puerta G del hospital sigo a una mujer que exhala su última bocanada de su cigarro ya dentro del vestíbulo. Estoy detrás porque no hay mucho espacio, y me trago la bofetada de tabaco, qué asco.

Me lo encuentro sentado en la cama y lo primero que me pregunta es a qué hora se ha ido mamá de aquí. Mamá no ha estado ahí hoy y por lo tanto sé que se le ha difuminado la lucidez que ostentaba ayer a esta misma hora.

Tiene el desayuno a mano y se está tomando el café. No le tiembla la mano como otras veces, y me alegro de que la medicación que toma ahora no le produzca ese efecto secundario. Aún así se mueve muy lentamente. Le seco una lágrima de la comisura de su ojo.

Tras el desayuno, de repente me dice que tiene que hacer pis y yo no sé qué hacer, voy a llamar a la auxiliar pero el me azuza y grita: ¡deprisa, deprisa! y yo corro en varias direcciones sin saber muy bien qué hacer. Él está atado y débil y me dice que le traiga no sé qué con la cara estresada. Y caigo en que le tengo que ayudar con la bacinilla, Dios. La cojo del baño y se la paso, pero él no se puede contener en el último segundo y hay un escape que mancha las sábanas. Me pide con naturalidad que le ayude y yo lo hago, como si fuera yo mi madre. Es muy extraño y embarazoso verle el pene a mi padre, no lo he hecho en la vida, pero ya hemos pasado la barrera de lo embarazoso hace mucho, mucho tiempo. Me pregunto si el pis va a manchar la cama, pero ahora entiendo por qué la botella de cristal tiene esa forma abombada en la base, si se posa en una superficie plana hace que el líquido se contenga en una especie de burbuja y así no se sale. Me da la botella y yo voy a vaciarla al baño. Me doy cuenta de que su orina es muy oscura, con lo que deduzco que es la primera de la mañana, y eso significa que no está manchando la cama, me alegro porque si tiene algo de control no se sentirá tan mal.

- "Mamá, ¿dónde se ha ido?" Le digo que va a venir más tarde.

Hay un impás. Le paso la harmónica sin mucha esperanza de que le haga caso, pero parece que le apetece tocarla. Me preocupan sus labios secos y uso mi tubo de labios para humedecerlos y que resbale mejor la harmónica al pasarla de lado a lado. Se entretiene un poco y yo me empiezo a tranquilizar.

Me pide que use el mando para enderezarle la cama, yo lo cojo y me siento un poco insegura, no quiero catapultarle contra la pared, pero el movimiento es lento y le acomodo. Quiero ponerle bien la manta para que no le hagan daño los talones sobre el metal. Él es alto y las camas no son lo suficientemente largas. Le han hecho una podología y tiene mejor los callos que le producía el jugar al tenis, pero no le han tocado las uñas. Le pongo la bata con cierta dificultad por las amarras que le tienen atado a la cama, pero así tiene mucho mejor aspecto y sé que se sentirá mejor. Además, tiene las manos frías, y aunque nunca dice si tiene frío o calor, tengo que ser avezada y pensar en todo.

Me doy cuenta de que no me está resultando difícil ni caótico cuidarle. Sólo puedo hacerlo cuando está tranquilo y dócil. Por las tardes es imposible; es verme y comenzar a gritarme por todo, cuando no me echa directamente. Algunas mañanas cuando vengo con mi madre también está imposible.

Ahora está desorientado, hablándome como en sueños. Mientras él se echa una cabezada yo leo El País. Obama, Zapatero. Tras incorporarse con aspecto desvalido se espabila rápido y me habla con cierto sentido y yo siento que hoy no tendré que andar de puntillas para no despertar su ira. Le paso el periódico. No lo puede leer pero pasa las hojas y se fija en las caras izquierdas de las páginas.

Viene J.A., el viejillo que estaba antes con él en la habitación. Mi padre le habla con tranquilidad y con cordura. Le dice que está más gordo y que tiene mejor aspecto; es verdad. El hombre se queja de que tiene que estar ahí durante toda la Semana Santa, aunque no es cierto, porque le dan el alta un par de días después. Dice que lo único que hace ahí es comer, dormir y ver la TV entre dolorosas pruebas clínicas.

Se oyen todo el tiempo sonidos de muletas por los pasillos.

3 comentários:

  1. Llega el momento en el que a los hijos nos toca hacer la función que un buen día, en nuestros comienzos, primeros pasos, hicieron nuestros padres con nosotros. Es como ir cerrando círculos, completando un ciclo...qué sabios eran los Mayas...y sus ciclos. Besos guapa :o)

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  2. Cari, entra aquí

    http://tantotrasiego.blogspot.com/2009/01/de-nia-mujer.html

    ... Sí, en efecto es así :-)

    Besoss

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  3. Ssplash No todos fueron buenos Padre, no todos los hijos serán buenos, hay esta el secreto de la vida, ¿somos libre o estamos determinados a repetir la misma historia? y de hay viene lo de las tragedia griegas, que el hombre intenta escapar de su destino, pero no puede, no sabe, ignora que la fuerza esta en el, y no se entrega, lucha, y vuelve a caer mil veces, La fuerza , la ganas de vivir, sale de donde no la imaginamos salga nunca, de nosotros, eso nunca me lo enseñaron , siempre me dijeron que era un bueno para nada.
    Bessos
    Edu

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