
Eurídices encontradas en descenso pleno y cóncavo a los infiernos, ansiándolo todo, bordeando lo insano, perturbadas por la locura, inyectadas en sangre cardíaca, precipitándonos en abismos peligrosos, intoxicantes y sus bordes limítrofes, cortantes como hojas de árbol irisadas.
Golpes secos, rompehuesos compactados al vacío, en dolores estancos e inútiles, arrecifes de dolor computado automáticamente, salado rompeolas que encallan en tus tripas, que imploran amnesias inducidas.
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