
Esperar y madurar. Aceptar lo inevitable con la imaginación, que no hubiera ocurrido. Plasmación no verbal de lo ocurrido intentando solventarlo en silencio, sin apoyo, con un miembro corporal atomizado.
Embolsarte el encontronazo con la mala suerte, convertirle en un dolor sordo en el costado.
Esperar a olvidarte de un desencanto, de un despiece del placer, o de lo ordinario, del ritmo del reloj ... no importa. Esperar a olvidarte del dolor, purgarlo, redimirlo, sintonizarlo con el vaho de la decepción.
Soportar la irrupción del elefante en tu cacharrería, del volcado de datos en falso, de la mancha de aceite en el subconsciente que te invade y fulmina las ideas, que se pierden.
La sensación de impotencia, de llorar con los ojos, de activar el fuego en los músculos apretados de tu abdomen y erotizar el dolor, recoger sus impresiones fotográficos, luego recortarlas hasta su centro neurálgico con tijeritas.
Todas tus células, tus moléculas deben unificar criterios, pasar del rechazo al olvido, transportarse precipitadamente al siguiente día, donde el corazón puede que se entretenga con otras entretelas, puede que obvie el escozor de lo ocurrido, pero es un nuevo día y todavía estamos en éste.
Domar la furia, ese caballo desbocado que huye del dolor de sus propias heridas abiertas. Hacer corresponder la intensidad del desengaño con lo ocurrido. Anestesiar el rechazo a vivir de nuevo cada segundo por separado, sin tener que va nunca con aquello.
Hay que esconder el vello de la piel bajo el felpudo para que no se erice. La saliva de la boca enfurecida, el gesto fruncido para que no te dilapide.
Hoy he escrito sobre los ríos y su calma superficial, sus corrientes subterráneas, el miedo a no salir a flote, a querer romper los puentes, a no ver los obstáculos.
Hoy he perdido los textos.
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