domingo, 31 de janeiro de 2010

Minucias


Al encontrar un diente suelto de lactante en el cajón de piezas olvidadas de mi mente, hago historia y rememoro y enumero objetos míticos que se ajuntaban a la imaginación de mi curiosidad infantil.

Mi madre y mi padre se habían marchado y yo recorría con mi vista y mis manos todos los rincones y huecos de la casa. Una vez derramo un bote entero de tinta completamente azul, azul marino oscuro Pelikán, oscuro sin género de duda sobre la moqueta beige claro, recién limpiada del dormitorio luminoso de mi madre donde adoraba investigar. La limpio desesperadamente con leche, el cerco continúa aunque se mezcla con el oscurecimiento del agua mechada sobre las fibras esponjosas de la moqueta recién nueva.

Mi vista intenta por todos los medios excusar la mancha, hacerme pensar que no es tan grave, que no se nota tanto, que mi madre no volverá a enfadarse conmigo por la trastada, pero inmediatamente vuelvo a agobiarme y sentir los temblores del desastre, desear que nunca hubiera ocurrido, que mi torpeza no hubiera causado el cataclismo, que la vida no fuera tan injusta, que se puediera volver atrás por arte de magia, como cuando ibas al puesto verde y pudieras comprar cualquier cosa con tu pequeña fortuna de veinticinco pesetas, esos cinco duros generosos en una moneda oronda y brillante, fruto de tu fortuna de niña, esas cosas que te dan sólo por ser pequeña, por ser hija, sobrina o nieta.

Pero tan sólo los cinco duros te ofrecen una magia verdadera, sólo tu niñez te ofrece el privilegio de imaginar que las cosas no son tan cual y todavía pueden pasar cosas buenas, como que la leche limpie una moqueta y que tu madre no entre en cólera, pero la tinta china es hirientemente real, es un insulto a tu inocencia, te la vas a cargar, lo sabes, y tiemblas cuando oyes el cierre de la puerta y preparas la frase: "Mami, no quería, pero ..."

En el cajón de madera medio rota hay muchas cosas súper interesantes. Primero está la pintura blanca ajada tipo barca de pescador de la parte frontal del cajón, y un tirador redondo con forma de champiñón pequeño, y detrás de él un cabo de vela, un picaporte de metal dorado, unas cerillas sueltas, un olor masticable de hierro viejo, una cuchilla de afeitar con mango de plástico blanco, un trozo de papel de plata amalgamado, lápices de carpintero, doce tornillos (dos pares iguales, ocho sueltos de diverso grosor y longitud), dos finas varillas de metal brillante, el cuerpo de un reloj de muñeca con la cubierta de la esfera transparente crucificada por un golpe seco.

Multitud de pilas AAA, un trozo de jabón verde afilado de los de marcar ropa, un recordatorio de una comunión ya pasada, clips de papel grandes de metal, dos pinzas de madera deslabazadas con el metal por ahí, unos alfileres sueltos, pequeños, que te dan miedo de pincharte, un metro de tela reforzada de naranja oscuro con algunas marcas de centímetros y pulgadas un poco borradas, un bloque de madera cuadrado, la tapa de plata de un salerillo, unas gomas el probablmente del cambio de parquet del salón, gomas elásticas, una muy ancha y varias finas, unos ganchos de plástico de guiar cortinas, un par nuevo de cordones de zapatos con su papel y todo , un botecito de pintura de uñas blanco nácar, unos cascos rotos de walkman, un adaptador de teléfono (sólo la pieza de plástico beige), una ficha solitaria de dominó, un carrete de hilo negro y un sello reciclado de Franco viejo, que todavía no te horripila.

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