
Estoy intentando verlo todo sin saber lo que he escuchado. Prefiero hacer como si la borrasca ha acabado y no quedan tenedores de hilo de nube enroscada. Para todo hay que tener valor, hasta para encerrarse en un espacio en blanco.
Tengo las pupilas encendidas y me arrulla el sonido de una máquina que se escucha tan rápido como mis pulsaciones. Me desvelo pero sigo anhelando la repetición de dígitos, de ideas y teclas sueltas, la circunvalación de ideas inmensas que transitan parajes de letras y conceptos fieles.
Entre ellos los que entienden de floreros de mesa. Los que te rondan la cabeza hasta que se posan en la superficie y se llenan de papel de ciénaga encantada.
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